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EL AMANTE LIBERAL

MIGUEL CERVANTES DE SAAVEDRA

—Yo asimismo doy por ella las cuatro mil doblas que el judío pide, y no las diera ni me pusiera a ser contrario de lo que Alí ha dicho si no me forzara lo que él mismo dirá que es razón que me obligue y fuerce, y es que esta gentil esclava no pertenece para ninguno de nosotros, sino para el Gran Señor solamente; y así, digo que en su nombre la compro: veamos ahora quién será ,;1 atrevido que me la quite.
—Yo seré —replicó Alí—, porque para el mismo eícto la compro, y estáme a mí más a cuento hacer al Gran Señor este presente por la comodidad de llevarla luego a Constantinopla, granjeando con él la voluntad del Gran Señor; que como hombre que quedo (Hazán, como tú vees) sin cargo alguno, he menester buscar medios de tenelle, de lo que tú estás seguro por tres años,' pues hoy comienzas a mandar y a gobernar este riquísimo reino de Chipre. Así que, por estas razones y por haber sido yo el primero que ofrecí el precio por la cautiva, está puesto en razón ¡oh Hazán! que me la dejes.
—Tanto más es de agradecerme a mí —respondió Hazán— el procurarla y enviarla al Gran Señor, cuanto lo hago sin moverme a ello interés alguno; y en lo de la comodidad de llevarla, una galeota armaré con sola mi chusma y mis esclavos, que la lleve.
Azoróse con estas razones Alí, y levantándose en pie empuñó el alfanje, diciendo:
—Siendo ¡oh Hazán! mis intentos unos, que es presentar y llevar a la cristiana al Gran Señor, y habiendo sido yo el comprador primero, está "puesto en razón y en justicia que me la dejes a mí, y cuando otra cosa pensares, este alfanje que empuño defenderá mi derecho y castigará tu atrevimiento.
El Cadí, que a todo estaba atento y que no menos que los dos ardía, temeroso de quedar sin la cristiana, imagino cómo poder atajar el gran fuego que se había encendido, y juntamente quedarse con la cautiva sin dar alguna sospecha de su dañada intención; y así, levantándose en pie, se puso entre los dos, que también lo estaban, y dijo:
—Sosiégate, Hazán, y tú, Alí, estáte quedo, que yo estoy aquí, que sabré y podré componer vuestras diferencias de manera que los dos consigáis vuestros intentos y el Gran Señor, como deseáis, ser servido.
A las palabras del Cadí obedecieron luego; y aun si otra cosa más dificultosa les mandara, hicieran lo mismo (tanto es el respecto que tienen a sus canas los de aquella dañada secta); prosiguió, pues, el Cadí, diciendo:
—Tú dices, Alí, que quieres esta cristiana para el Gran Señor, y Hazán dice lo mismo; tú alegas que por ser el pirmero en ofrecer el precio ha de ser tuya; Hazán te lo contradice, y aunque él no sabe fundar su razón yo hallo que tiene la misma que tú tienes, y as la intención, que sin duda debió de nacer a un mismo tiempo que la tuya, en querer comprar la esclava para el mismo efeto; sólo le llevaste tú la ventaja en haberte declarado primero, y esto no ha de ser parte para que de todo en todo quede defraudado su buen deseo; y así, me parece será bien concertaros en esta forma: que la esclava sea de entrambos, y pues el uso della ha de quedar a la voluntad del Gran Señor, para quien se compró, a él toca disponer della; y en tanto, pagarás tú, Hazán, dos mil doblas, y Alí otras dos mil, y quedaráse la cautiva en poder mío para que en nombre de entrambos yo la envíe a Constantinopla, por que no quede sin algún premio, siquiera por haberme hallado presente; y así, me ofrezco de enviarla a mi costa, con la autoridad y decencia que se debe a quien se envía, escribiendo al Gran Señor todo lo que aquí ha pasado y la voluntad que los dos habéis mostrado a su servicio.
No supieron, ni pudieron, 'ni quisieron contradecirle los dos enamorados turcos; y aunque vieron que por aquel camino no conseguían su deseo, hubieron de pasar por el parecer del Cadí, formando y criando cada uno allá en su ánimo una esperanza que, aunque dudosa, les prometía poder llegar al fin de sus encendidos deseos. Hazán, que se quedaba por virrey en Chipre, pensaba dar tantas dádivas al Cadí que, vencido y obligado, le diese la cautiva. Alí imaginó de hacer un hecho que le aseguró salir con lo que deseaba, y teniendo por cierto cada cual su designio, vinieron con facilidad en lo que el Cadí quiso, y de consentimiento y voluntad de los dos se la entregaron luego, y luego pagaron al judío cada uno dos mil doblas. Dijo el judío que no la había de dar con los vestidos que tenía, porque valían otras dos mil doblas, y así era la verdad, a causa que en los cabellos (que parte por la espalda sueltos traía, y parte atados y enlazados por la frente) se parecían algunas hileras de perlas que con extremada gracia se enredaban con ellos; las manillas de los pies y manos, asimismo venían llenas de gruesas perlas; el vestido era una almalafa de raso verde, toda bordada, y llena de trencilas de oro; en fin, le pareció a todos que el judío anduvo corto en el precio que pidió por el vestido, y el Cadí, por no mostrarse menos liberal que los dos bajaes, dijo que él quería pagarle, por que de aquella manera se presentase al Gran Señor la cristiana. Tuviéronlo por bien los competidores, creyendo cada uno que todo había de venir a su poder.
Falta ahora por decir lo que sintió Ricardo de ver andar en almoneda su alma, y los pensamientos que en aquel punto le vinieron, y los temores que le sobresaltaron viendo que el haber hallado a su querida prenda era para más perderla; no sabía darse a entender si estaba dormiendo o despierto, no dando crédito a sus mismos ojos de lo que veían; porque le parecía cosa imposible ver tan impensadamente delante de ellos a la que pensaba que para siempre los había cerrado; llegóse en esto su amigo Mahamut, y díjole:
—¿No la conoces, amigo?
—No la conozco —dijo Mahamut.
—Pues has de saber —replicó Ricardo— que es Leonisa.

 
 
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