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Puesto ya en la. pendiente de su conversación favorita, no se detuvo el buen don Rodrigo, y, qué de oír su largo pero bien razonado discurso, digno de escribirse en libros y conservarse en doctas bibliotecas, para ejemplo, memoria y enmienda de las descuidadas y olvidadizas gentes del día. Fue su discurso una ardiente apología - de la patria, un himno a la raza, un loor a la historia, un adiós melancólico y pío a la España grande que fue... Y después de esta que pudiéramos llamar introducción o exordio a la castiza arenga, vino la parte amena y anecdótica: la historia de los linajes montañeses,-el grande , ensueño de los blasones, como pintado por la fértil y peregrina fantasía de un rey de armas. Fueron de ver allí v de escuchar los alardes de imaginación y de elocuencia, de erudición y rendida cortesía de que hizo gala en / su discurso don Rodrigo, hidalgos dones tan bien preciados por todo montañés de buena casta; fue cosa de soberano gusto ver desfilar en aquella estancia, tan llena de los prestigios o recuerdos de antaño, linajes y blasones, casas señoriales y árboles genealógicos, guerras y cruzadas, conquistas y glorias, sucesos históricos y hechos familiares, monjes, prelados, artistas, navegantes, guerreros privados, poetas, hidalgos, damas de alcurnia y comendadores, montañeses de todo jaez 'y de todo tiempo, desde aquellos del cántabro contra Roma hasta los de Pelayo; desde los hazañosos capitanes de las calzas de cuero a los de la cota de malla, y desde los hidalgos a la

chamberga hasta los hidalgos, de casaca y de, peluca... Y por encima de aquel marcial vocerío y estruendo de los siglos, entre el centelleo de las espadas, dibujábanse las divisas, cuarteles y figuras de los blasones, como en una danza heráldica: .águilas de los Villas, fajas de los Ceballos, armiños de los Guzmanes, calderas de los Laras, bandas de los Mendozas. panelas de los Guevaras, roelas de los Castres y veros de los Vélascos, como un mundo extraño y simbólico, donde estaba contenida toda el alma montañesa.

Tocóle, después el turno a la villa. Dijo prolijamente su historia, desde que se alzaron los desaparecidos muros del monasterio de Planes hasta que a aquel lugar, yermo y arrinconado, trajeron las reliquias de Santa Illana, engendradoras de Santillana; :y desde el momento- en que Alfonso VIII dióla fueros y la. confió al señorío del Abad, hasta que Alfonso XI mandó por real ejecutoria en Sevilla que entregasen el yantar del señorío al Adelantado mayor de Castilla. Todo fue dicho y relatado punto por punto, con sus dudas y reparos, citas y comprobaciones, de la más prolija y elegante manera que cabe imaginar. Narró la leyenda de Santa Illana, doncella de singular hermosura y claro- linaje, natural de Nicomedia, en Asia, que, solicitada para esposa por el senador Eleusio, puso por condición la fe cristiana, lo que le valió el martirio; explicó el símbolo del dragón aherrojado a los pies la Santa, ahogado con su dogal, como emblema de tentaciones vencidas y apostasías domadas; hizo desfilar di pues, con cuanto de ellos se sabía, a los abades de . Colegiata, desde Pedro Segúndez, en el año 843. ha; don Gaspar de Amaya, en 1754; habló larga y cumplidamente del señorío abadengo y del señorío procer, de { las behetrías, del dominio de los reyes, de la pérdida de | los fueros, de la decadencia y disolución de aquellos nue- | ve valles de las Asturias de Santillana, no sin hacer tara- j bien sumaria relación del pleito famoso de los dichos | valles; colmó su palabra de color-y de fuego al trazar¿ los retratos de aquellas figuras de antaño, Diego Hurta-| do de Mendoza, Gonzalo Ruiz, doña Leonor de la Vega,

el glorioso Margues de los Proverbios, el último señor de Cantabria, cuya peregrina historia tenía pensado llevar, a una novela, y después de este concienzudo y admirable loor de los ciaros varones de la Montaña, todavía le quedaron fuerzas y palabras a aquel águila de la erudición de la elocuencia y del patriotismo, para soltarle a Jesus boca de jarro esta rociada:
—Seguramente, querido sobrino, a pesar de haberte sido otorgada la singular merced de venir al. mundo en tierra de tanto honor, no recordarás una jota de tales historias. , . ¿No es cierto.? Tu silencio vergonzoso rne dice más de cuanto pudieran decirme tus labios. No tienes perdón de Dios. .« En cambio, conocerás y aun sabrás de memoria los libros de cuatro escritorzuelos ignorantes de por ahí fuera... ¡Y aún os atrevéis con insolente audacia los jóvenes a poner vuestra mano, en estas cosas que ignoráis, para negarlas o escarnecerías...! ¿No se te cae la cara de vergüenza,.. ? ¡Y me han dicho que tú también te la das de literato...! ¡Ja! ¡Ja...! ¡Habrá que ver tus literaturas! ¡Donosos libros tienen que ser los tuyos...! ¡Es claro...! Hoy, para ser escritor, no se necesita nada, ni siquiera saber escribir... Se entra a saco en el francés, se atropella el patrio idioma, se sazona todo ello con sal y pimienta de ironía y de lujuria, y ¡cátate un libro al uso...! Escribís sin saber Gramática ni Retórica, y queréis que todo os sea dado por añadidura... Aun los que apellidáis maestros, escriben como vosotros, con términos abstractos y genera.-les, sin saber concretamente los nombres castellanos délas cosas. .. ¿Cómo habéis, pues, de poner esas cosas vivas y gallardas delante de los ojos, como hacían aquellos escritores de antaño, llenos de sabia experiencia de la vida y educados robustamente en las antiguas disciplinas. .>?. ¡Ah, tiempos de ignorancia presuntuosa y ¿i rosera vanidad. .. ! ¡Generación de charlatanes y rebeldes; míseras gentecillas sin entendimiento ni corazón...!
Iba a protestar Jesús de semejante sarta de furibundos agravios, .cuando don Rodrigo le volvió la espalda, y encarándose con el retrato auténtico de Cervantes, que en la pared frontera señoreaba los libros, dijote así con solemne tono, alzando la diestra mano con majestuoso ademán
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